DE PRINCESAS Y SUPERHÉROES

¿Habrá algo innato que marque determinadas características para las nenas y otras para los varones? ¿Será casual que a la mayoría de las nenas les guste vestirse de princesas y a la mayoría de los varones les encante jugar a la pelota? Todas estas preguntas y otras que usted nunca se atrevió a preguntar sobre las determinaciones de género en los chicos.
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La escena es en una juguetería. Allí están una madre y la vendedora:
- Quiero una cocinita para mi hijo.
- ¿Es nene o nena?
- Nene.
- Si es nene, tengo el banco de herramientas.
- Sí, es nene, pero le gusta cocinar. ¡Quiero ver cocinitas! - la madre empieza a mostrar cierta impaciencia.
- Bueno, te muestro el banco de herramientas, vas a ver qué bueno es: tiene martillo y pinzas.



El diálogo -entre sordos- ocurre en una juguetería de Buenos Aires. La madre, lejos de ser sorda, tiene el oído muy entrenado en cuestiones de género: se llama Carolina Justo von Lurzer, es Licenciada en Comunicación Social e investigadora del Grupo Sexualidades que estudia temas de género y sociedad del Instituto Gino Germani.

La anécdota sirve para ilustrar algunas cuestiones que tienen que ver con el género en la infancia. Von Lurzer describe: “La empleada de la juguetería no podía entender que hubiera un nene, varón, al que le gustara cocinar. Y que yo, su madre, le quisiera regalar una cocinita. Porque para ella, como para la mayoría de la gente, los juegos, juguetes e intereses de los chicos están marcados genéricamente”.

Según las investigaciones en temas de género, no hay ninguna determinación en el sexo ni en el género que oriente sus gustos, actividades, actitudes y preferencias. Si no es frecuente que un nene juegue con la cocinita es porque no hubo nadie que se la regalara. Al menos, hasta ahora.

Juan Carlos Volnovich, psicólogo de niños y especialista en género, asegura que nada hay en lo biológico que determine que una nena sea coqueta, maternal, calladita en situaciones públicas o muy charleta en el ámbito íntimo. Así como tampoco nada de lo biológico implica que los varones sean muy activos, fuertes, despreocupados de su imagen y más gritones (en general, claro).

La escena de la juguetería termina en una discusión entre madre y vendedora.

“Finalmente, cuando vi la cocinita y el banco de herramientas, me di cuenta que son objetos hechos con la misma matriz: son iguales salvo en las calcomanías que luego le ponen y en algunos accesorios: el martillo en un caso, el cucharón en el otro, por ejemplo”.

Lo increíble para la investigadora fue que de la anécdota, y de la comparación de un juguete con otro, pudo sacar muchas conclusiones: “La similitud entre la cocinita y la mesa de herramientas me hizo pensar en la similitud o diferencia entre el nene y la nena. Porque cuando nace un sujeto, el médico lo rotula: ‘nena’ o ‘nene’, y pone en juego una dicotomía que -como en el caso de la cocinita y la mesa de herramientas- no soporta zonas grises ni indeterminaciones. Entonces, para las nenas se hace la cocinita y se les proveen determinados elementos, colores y accesorios. Y para que sean mesas de herramientas, o varones, se les adjunta otras marcas. En ambos casos se trata de lecturas o procedimientos pensados para volver inteligible ese juguete. Lo mismo que pasa con la subjetividad. ¿Cómo la sociedad vuelve inteligible a los sujetos? Unos se hacen inteligibles como varones y otros, como mujeres”.

Una construcción social
Juegos, juguetes, ropa, actitudes, colores, literatura, canciones, películas, salidas, deportes, actividades: todo esto y mucho más constituyen marcas de género para los chicos que el mundo adulto provee. O censura, según el caso.

Juan Carlos Volnovich resume: “Lo único innato es el sexo, el aparato genital. El género es una construcción social, un código muy notable, porque los chicos adquieren su identidad de género antes de que empiecen a hablar. Y en esto tienen que ver las expectativas, anhelos, ilusiones con que estos chicos llegan a cada casa. Tener un varón es diferente a tener una nena. Aunque no se sepa el sexo previamente, hay expectativas en rosa o en celeste que van formando un molde en donde el recién llegado se instala y se moldea. De modo que, a partir de una estimulación frecuentemente inconsciente, los varones empiezan a funcionar como varones. Los padres celebran y estimulan una serie de conductas entendidas como masculinas. Y para las nenas se incitan y festejan actitudes, modos y comportamientos entendidos como femeninos o típicos de las nenas”.

Consumos de género
Entrar a una juguetería y ser interceptado por la pregunta “¿para nene o para nena?” es una experiencia de la que nadie está exento. Porque dentro de la juguetería el sistema genérico es exclusivo y excluyente: las nenas son princesas y los varones, superhéroes. Sin excepciones.

En un círculo vicioso perfecto, el mercado impone princesas y superhéroes y los chicos, cada día, piden más princesas y más superhéroes, frente a padres y madres que no saben cómo detener el perverso mecanismo. Porque si una nena insiste con trajes de princesas y accesorios brillantes, aunque su madre siempre esté de jeans y sin maquillaje, o un varón quiere correr a la velocidad de un Power Ranger, aunque su padre vaya a la oficina y no practique ningún deporte, sin duda, no es porque copie modelos familiares, sino porque niños y niñas son el blanco preferido de la sociedad de consumo que ve en los más chicos al cliente ideal.

“El modelo de la princesa, linda, coqueta, sumisa, cuidadosa, y el modelo del varón fuerte, potente, físico, son estereotipos propios de la sociedad patriarcal que estos juegos producen y profundizan. Los chicos en realidad juegan a que son otros. Y ese es el valor del juego”, afirma Volnovich.

En busca de otros juegos
El tema de los juguetes preocupa a psicólogos, sociólogos, maestros, legisladores, padres y madres, militantes feministas y especialistas en recreación.

Para canalizar esta preocupación, a principios de este año la legisladora porteña Diana Maffía junto a un grupo de profesionales de áreas diversas convocó a un espacio de trabajo para pensar en conjunto acciones tendientes a promover juguetes y juegos no sexistas. Se organizaron talleres de juego mensuales en donde se invita a reflexionar sobre el espacio del juego en la sociedad, los tipos y modos de jugar entre adultos y niños, los estereotipos sociales que promueven ciertos juegos y juguetes.

Diana Maffia, al frente de estos talleres que forman parte de una campaña adoptada por varias entidades sociales, comparte algunos interrogantes y reflexiones: “La convocatoria al taller incluye una mirada sobre la reproducción de estructuras patriarcales y heterosexistas a través del juego y de los juguetes”. Las preguntas sirven para lanzar un programa de contenidos: ‘’¿Queremos este mundo? Entonces regalemos juguetes y promovamos juegos que lo reproduzcan. ¿Queremos cambiar el mundo? Entonces que no se nos cuele como si fuera inocente, la construcción de un mundo violento, explotador, elitista, frívolo, promovedor de estereotipos de valor y de belleza, estigmatizante y con un concepto cruel del éxito’’, proclama la convocatoria.

Se trata de construir herramientas lúdicas para construir un mundo mejor, el mundo del juego, y desde ahí poder mejorar el mundo real. Maffía dice: “Si otro mundo es posible, otros juegos son necesarios’’.

Chicos y chicas, ¿no eligen?
“Los varones son torpes, mamá: no saben bailar”. “Y las nenas son unas estúpidas, no saben jugar a las espadas”. Los chicos vuelven de un cumpleaños en el mismo auto. La madre se pregunta por qué vuelve a juntar a su hija con un nene. Aunque sea en los ocasionales quince minutos de regreso de un cumpleaños. Porque hay una edad en que nenes y nenas no se mezclan.

El psicólogo Juan Carlos Volnovich tiene una mirada sobre estas elecciones aparentemente libres o evolutivas que hacen los chicos de entre 5 y 10 años. Volnovich dice: “En general, cuando son chiquitos de jardín de infantes, nenes y nenas comparten juegos. Pero a los 8, 9 años, en la pre-pubertad, se produce espontáneamente una separación en la que los nenes van sólo con los nenes y las nenas sólo con las nenas. Después de la pubertad, en la adolescencia, empieza el compinchismo, el acercamiento y las elecciones de pareja”, describe el psicólogo.

Cotidianeidad vs. estereotipos
“El alejamiento entre chicos y chicas está dado por todos los prejuicios sexistas que existen en el colectivo. Es llamativo como aún en hogares donde hay pactos diferentes a los que marca el estereotipo, es decir, donde la madre no es exclusivamente ama de casa y tampoco es el papá el que únicamente sale a trabajar, chicos y chicas reclaman de alguna manera el esquema tradicional. Esto se da porque el patriarcado como sistema de dominación es muy fuerte y porque a pesar de los cambios que hay en la realidad, los chicos siguen el modelo de las características sociales impuestas. La inercia del patriarcado se cuela incluso en situaciones o núcleos sociales donde se han subvertido sus mandatos”, asegura Volnovich, quién aporta una explicación a este cuadro separatista.

La mirada histórica revela que aunque el reparto de tareas sociales y roles familiares, sociales ha cambiado para el hombre y la mujer, los cambios aun no son suficientes.

Así lo señala la investigadora Carolina Justo von Lurzer: “No estamos en la misma situación que nuestras abuelas: ya no se cría a las chicas exclusivamente para casarse ni para que sean buenas cocineras y sepan atender a sus maridos. Pero de todos modos, en clases medias, aunque se eduque a las mujeres para que sean profesionales, hay una ética del cuidado y de la atención de los hijos que se le enseña a la mujer. Incluso muchos padres -que son muy progres y establecen pactos no tan tradicionales en sus familias- tiemblan cuando ven a su hijo varón jugando a las muñecas o acunando un bebote. Y a las chicas se les sigue facilitando la historia del príncipe azul, aunque sea aggiornada -como lo hace Cris Morena, por ejemplo-. Entonces, vemos que hay cierta normativa de género en la crianza, que no admite zonas de cruce o zonas grises”.

Y también en la escuela
La escuela es otro de los espacios donde las escenas que marcan expectativas y procedimientos para uno y otro género se muestran día a día. Si se saben observar. Esa es una de las tareas de Graciela Morgade, directora de la carrera de Ciencias de la Educación de la UBA y a cargo del Seminario “Educación, género y sexualidades”.

Graciela Morgade ejemplifica: “Yo no creo que una maestra diga en el ámbito de la Ciudad de Buenos Aires, a un nene que llora, algo así como ‘los varones no lloran’. Pero sí se puede notar que la contención, el consuelo, no es la misma para un nene que para una nena”. Otro ejemplo: “Una chica que no habla en clase, quizá sea normal para el profesor, porque la sumisión y el silencio en ámbitos públicos son actitudes esperables, ‘normales’ y aceptables de una nena. Pero la escuela debería fomentar la participación, una actitud más activa de esta niña sumisa porque puede ser que no esté entendiendo o que tenga otras cosas para aportar”.Y un ejemplo más: “En nivel superior, en el gabinete de física es frecuente ver que los varones manejan los aparatos de medición, mientras ellas toman nota. ¿Todas quieren ser secretarias? Estamos reproduciendo el esquema de las mujeres que colaboran con la tarea intelectual de los varones”, apunta Morgade.

Estas escenas reproducen y confirman el sistema patriarcal en donde se dicotomizan actividades, ocupaciones, intereses. “Lo público para ellos y lo privado para ellas; lo intelectual para ellos, lo manual para ellas; lo asistencial para ellas, el desafío intelectual para los varones. Y siempre con un sesgo positivo para lo masculino y cierto matiz denigrante para lo femenino”, enuncia Graciela Morgade.

Bajo la perspectiva del género, la especialista analiza la escuela. Para eso separa tres niveles: “Hay un trabajo sobre el curriculum explícito, es decir, sobre los contenidos que se imparten en las materias. Entonces, observamos si en Literatura se leen textos de mujeres o si se desarrolla la expresividad tanto en hombres como en las chicas. Luego señalamos un curriculum oculto que son las expectativas de comportamiento y rendimiento, que están cuando uno espera que un varón juegue a la pelota en el recreo -llama la atención que no lo haga- y reprima ciertos juegos físicos en las nenas. Y por último, hablamos de curriculum omitido, es decir, de lo que no se habla”.

Todos estos planteos tienen que ver con el lugar que se le da a la escuela. Para Graciela Morgade es claro: “El espacio escolar es un lugar donde probar diferentes conocimientos. Es un espacio de contacto con distintos saberes. Entonces estimular unos y omitir otros significa privar. Y si se privan los conocimientos, los chicos y chicas se quedan con lo que vinieron de la casa. Y la escuela tiene que universalizar y ampliar el panorama. Para todos”.


Libros infantiles que cuestionan el género
“La literatura infantil está orientada a exaltar el papel del hombre e invisibilizar el de la mujer. Aún pasado el año 2000, la literatura para niños y niñas seguía estereotipando a las mujeres en papeles de poca importancia, siempre por debajo o por detrás de lo que hacían los varones. Decidimos, entonces, contar historias de mujeres heroínas de nuestra sociedad que vemos todos los días en la calle”, dice Maria Victoria Pereyra, directora de la colección Yo soy igual de la Editorial Librería de Mujeres, que consta de seis títulos: Mi mamá es electricista, Mi mamá es albañil, Mi mamá es cirujano, Mi mamá es taxista, Mi mamá es referí y Mi mamá conduce el subte.

“Todas las protagonistas de la colección Yo soy igual son mujeres que existen, que son argentinas y que seguramente alguna vez nos cruzamos. Porque sentimos que en esos relatos de vida, había historias que contar, y las contamos. Decidimos también que no les cambiaríamos nada, simplemente contaríamos su historia desde la perspectiva de sus hijos.

Mi mamá es... cuenta un día en la vida laboral de una mamá que ha elegido un oficio o una profesión poco frecuente para la mujer. No excluye la mirada social (a la taxista, por ejemplo, un personaje le dice el clásico “andá a lavar los platos”) ni la valoración de los pares, amigos y amigas del narrador, que ven el trabajo de la madre en cuestión como algo raro.

La colección y sus autores andan por las escuelas llevando actividades a partir de los textos. “Los chicos sienten que los libros que ofrecemos tienen algo nuevo que contar, diferente a lo que siempre les ofrece la literatura para trabajar en las aulas. También la colección ha servido como herramienta de reflexión para niñas y niños cuyas mamás trabajan fuera del hogar y que muchas veces les hacen reclamos basados en comentarios de que la mamá debería estar en casa cuidándolos y no en la calle”.

Por Gabriela Baby
Revista Planetario - 01-09-2009 | Madres y Padres 

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