Tiempo libre en el Centenario

De 1910 a 2010 En 1910 la vida era más apacible. En las calles de Buenos Aires convivían los peatones, los carruajes y los automóviles, cuya velocidad máxima no podía superar los 14 km por hora, según la primera ordenanza sobre la materia dictada en 1905. En las fotos de época se los observa transitando en armonía por los jardines de Palermo, sin prisa, haciendo del paseo dominical toda una ceremonia social, donde fue arraigando el rito de los piropos.

En las cercanías, los jugadores compulsivos apostaban hasta lo que no tenían en las tribunas del Hipódromo de Palermo y en las de su vecino ilustre, el Hipódromo Nacional, ubicado en el actual barrio de River, que cerró sus puertas en 1911. A este hipódromo los burreros llegaban en un tranvía que partía desde Pampa y Vertiz, contiguo a la vía del tren, y cuyo pasaje de ida y vuelta pagaban por anticipado: cuando volvían después de perder todo y no tenían un centavo para regresar desde ese paraje alejado, quedaban varados "en Pampa y la vía", una expresión que la penosa decadencia del país ha facilitado que se conserve intacta.

Los tranvías a caballo desaparecieron en 1910, mientras que los eléctricos crecerían hasta que Buenos Aires fuera conocida como "la ciudad de los tranvías", con la mayor relación mundial entre habitantes y kilómetros de vías. La originalidad de esta amplísima y económica cobertura de transporte público, continuada por la red de colectivos, favoreció el florecimiento de la vida nocturna como uno de los hábitos distintivos de los porteños.

Es obvio para todos que en 1910 no había Internet ni televisión, pero menos se recuerda que tampoco existía la radiodifusión comercial, y que el 27 de agosto de 1920 se produjo desde las terrazas del teatro Coliseo la que es considerada la primera transmisión radiofónica del mundo, por la Sociedad Radio Argentina, de Enrique Susini, en cuyo homenaje se ha propuesto celebrar esa fecha como el Día Mundial de la Radio.

Aunque dos inventos revolucionarios, el teléfono y el gramófono, se habían difundido con gran rapidez en tiempos del Centenario, era una época de ocio y esparcimiento sin tecnología.

El cine, nacido en 1896, en blanco y negro y mudo, daba sus pasos iniciales en el país. En 1910 se filmó La Revolución de Mayo , el primer largometraje argentino; en 1914, Nobleza g aucha, primer gran éxito comercial, y en 1917 se estrenó El a póstol, una sátira al presidente Hipólito Yrigoyen, considerado el primer largometraje mundial de cine de animación. El mismo año en que Carlos Gardel debutaba en el film Flor de d urazno y grababa Mi noche triste , con el que nace el tango canción. Y es que el tango ya había salido del submundo de los arrabales, luego de su consagración en París en los años siguientes al Centenario. Desde su refugio compadrito en los piringundines o en el Café de Hansen (en la esquina enfrentada con lo que hoy es el Planetario) pasaría al aristocrático Armenonville, en Libertador y Tagle, conquistando a la sociedad porteña, que hasta entonces disfrutaba más del teatro, posiblemente la salida preferida de los porteños.

Las grandes salas de la época, el Odeón, el Politeama, el Marconi, el teatro de la Opera, el Nacional, se sumaban a las confiterías que se convertirían en clásicos de la ciudad: la del Molino, la Ideal, Las Violetas, la Richmond o el tradicional café Tortoni, donde con el correr del tiempo se fue aflojando el veto social a la presencia de las mujeres, cuyo esparcimiento principal eran las reuniones en las casas y la beneficencia. O concurrir a las grandes tiendas, comparables con las de las ciudades más refinadas. Gath & Chaves, Harrods, La Piedad, la San Miguel, A la Ciudad de Londres, contaban con mercadería proveniente de todas las regiones e impulsaron la naciente publicidad comercial. Sin embargo, la expresión más acabada de la cultura de la ciudad era la pasión por la lírica, cuyas obras de mayor valía se representaban ante la mirada atenta de un público muy conocedor y exigente, en un rosario de bellos teatros con el Colón como su máxima sala.

En el Centenario no existía el turismo como actividad organizada, pero las clases altas comenzaban a hacer de Mar del Plata la meca para pasar el verano, que en el año 1912 ve nacer la rambla de estilo francés en la playa Bristol. Entre las clases media y populares, el balneario municipal, inaugurado en 1918 en la Costanera Sur, abrió la posibilidad de bañarse en el Río de la Plata. A pesar de las diferencias sociales, ambos lugares compartían las exigentes reglamentaciones impuestas a los bañistas, que debían usar un riguroso atuendo y respetar la delimitación que establecía zonas de baño separadas para hombres y mujeres. Dicen las crónicas que en esos años se inició la pasión de las porteñas por tomar sol.

En 1910, los porteños eran capaces de inaugurar el Palais de Glace, una pista de patinaje sobre hielo de 21 metros de diámetro destinada al esparcimiento, o de desmentir la fama de tristes y nostálgicos que cultivará el tango organizando en la Avenida de Mayo el corso oficial de la ciudad de Buenos Aires, una fiesta multicolor que reverberaba en todos los barrios y cuya alegría desbordante se manifestaba a pleno en los carnavales, que supimos disfrutar de jóvenes y hoy languidece.

En aquellos días de fiesta, las plazas no se cerraban con rejas, el tráfico no ahogaba en estridencias y smog, las noticias se leían en los diarios y revistas y no se vivía conectado a toda hora por una multitud de aparatos tecnológicos que, paradójicamente, contribuyen al aislamiento: las relaciones interpersonales y los espectáculos en vivo representaban una forma más humana de disfrutar del tiempo libre. © LA NACION

Alejandro Poli Gonzalvo

Para LA NACION

Noticias de Opinión
Viernes 7 de mayo de 2010 | Publicado en edición impresa
http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1261863

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