UN CORO PARA QUE LOS CHICOS APRENDAN A ESCUCHAR AL OTRO

Este proyecto de De Sembrar fomenta la expresión a través de la música y las palabras, además del respeto y el compromiso social
Galatea, una de las chicas que
hace parte del coro Cantorcitos Sin Fronteras.
Foto: LA NACION 
Galatea - vestida de jean, remera roja de manga larga y zapatillas - llega hecha un tornado, como todos los viernes a las 18, al ensayo de De Sembrar "Cantorcitos sin Fronteras", en Vicente Lopez.
Con una sonrisa que le ilumina toda la cara y un entusiasmo que contagia, enseguida se pone a jugar con el resto de sus compañeras. Con 11 años, y sus rulos atrapados en una colita, cuenta que empezó a participar hace más de un año. " Volviendo de un viaje mi mamá me contó que Betty iba a organizar un coro y me gustó. Nunca había estado en uno. Pero amo cantar. Estoy tratando de convencer a una amiga para que venga", dice esta joven que asiste a la escuela N° 12 Rodolfo Senet, en Nuñez.
Ella, al igual que otros 15 chicos, van llegando al salón que un jardín de infantes de Vicente López les presta para llevar adelante sus ensayos de coro, bajo la conducción de Betty Rodríguez.
Este es uno de los coros infantiles que la iniciativa De Sembrar lleva adelante para propiciar en el corazón de los niños el amor por la música. En estos espacios abiertos y gratuitos, los niños pueden expresarse a través de la música y de las palabras, cultivando la amistad, el respeto y el compromiso con la comunidad.
Hace un año Mariana Rewerski, música de profesión de trayectoria internacional, decidió armar un proyecto para que el canto estuviera al alcance de todos los niños. "Empecé mi vida musical en un coro de niños y después pasé a dirigir un coro de niños. Y así me enamoré de la música, de la vocalidad, del teatro, de los idiomas y de la voracidad de salir a conocer el mundo. Después de haber vivido en 4 países y haber cantado en los mejores teatros del mundo, sentí la necesidad de generar los espacios para que los niños de hoy pudieran sentir lo mismo que yo", dice Rewerski, a la vez que agrega: "creo absolutamente en la capacidad de los chicos de cambiarlo todo".
Rewerski le comentó sobre su sueño a su maestra de coro de toda la vida, Betty Rodríguez, y pusieron manos a la obra. Primero abrieron un grupo en Vicente López y en Don Torcuato. Luego en Chacarita. Y este año se sumaron otras sedes: Belgrano, San Andrés, Escobar y Bellavista.
Allí, niños de 6 a 11 años, tienen la primera experiencia de participar de un coro y aprender el lenguaje de la
música. "La música hermana. Son chicos de todos los estratos sociales que se unen a través del canto. Me gusta que los chicos generen una conciencia social. Un proyecto coral tiene como base la escucha del otro. Y eso trasladado a la vida es una actitud que aporta positivamente. Somos un gran coro que ensaya en distintas sedes las mismas canciones. Por ejemplo, tenemos un repertorio común con un hogar en Camerún", explica Rewerski.
Mientras tanto, en Vicente López, los alumnos se paran formando una media luna para hacer ejercicios de movilidad y espacio. Todos esperan ansiosos el momento de cantar. Y empiezan con So Cayolec ("Mi caballito" en lengua toba), con Betty en la guitarra, marcando la entrada de cada uno y refrescándoles la coreografía que acompaña la canción.
En total, son 14 maestros y 93 los chicos que forman parte del proyecto. También funciona un grupo en Filochicos, un hogar en Quilmes y realizaron una experiencia junto con el Servicio Paz y Justicia (Serpaj) junto a los niños que están en la Estación Constitución. "Para ellos fue una fiesta. Nos sentamos a tomar mate y comer bizcochitos. Saqué el ukelele y les enseñamos una canción. Escucharlos cantar fue la señal más inequívoca de que las canciones pueden construir infancia. Sobre todo en este momento en el que los chicos están más conectados con el afuera que con el adentro. Nuestra intención es sanar desde el adentro y que estos chicos puedan tener su propio coro. No hay que olvidar que esto también puede ser un medio de vida", agrega Rewerski.
Para Rodríguez, lo más importante de estos espacios es que los chicos aprenden sobre la unidad y la pertenencia a un grupo. "Aprenden a valorar el silencio, a escuchar, a apreciar los aportes de los demás y a valorarse a sí mismos. Lo que busco es que aprendan a equivocarse y que sepan que eso también es una manera de aprendizaje, que puedan expresarse, sacar la voz, a disfrutar y expresarse colectivamente", sostiene.
Para poder llegar a más niños, solicitan la donación de instrumentos musicales en buen estado, computadoras, micrófonos y la colaboración de maestros de música, cantantes y coristas que quieran participar del proyecto. También personas que quieran ofrecer un lugar en el que puedan ensayar.
Los interesados en colaborar pueden ingresar a http://desembrar.blogspot.com.ar/ o escribir adesembrarsetrata@gmail.com



Por   | LA NACION

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