"MAMÁ, NOS DEJARON SIN RECREO"

La ignorancia y la violencia que existe detrás de una práctica que quita a los niños lo que más
necesitan: el descanso intelectual, para poder seguir con el trabajo que se les pide.
Resulta cada vez más frecuente en padres y docentes confundir la acción de instruir con genuina
educación.
Los ámbitos y roles que persiguen fines educativos han profundizado sus técnicas y prácticas
para instruir cada vez más y en disciplinas más variadas pero, aún demuestran no poseer
conocimiento, actitudes y metodologías para Educar en valores humanos elevados.
Sé que esta afirmación puede incomodar a muchos que, con la mejor intención, realizan su tarea
lo mejor que saben pero me permito compartir esto, no con el fin de enjuiciar, sino con la
intención de reflexionar, aprender y mejorar.
Me gustaría recordar que el origen más profundo de la palabra educar es “dar a luz”. La
verdadera educación se da cuando con las acciones, experiencias significativas, palabras, gestos,
estímulos, presencia; logramos que el Ser reconozca, manifieste y exprese su naturaleza; que no
es otra cosa que Amor en el estado más puro.
Para poder lograr esto, es necesario aprender a escuchar nuestro interior, reconocer su
naturaleza, sus necesidades más profundas e incorporar formas de relación interpersonal que nos
ayuden a respetarla y potenciarla.
Aprender a escuchar nuestro interior, conocer nuestra naturaleza y respetarla es lo que luego nos
permitirá reconocer nuestros dones y capacidades para poder instrumentarlos y ponerlos al
servicio de la comunidad a la que pertenecemos. Este proceso es la base para lograr la
autosatisfacción personal y, de este modo, compartir nuestra plenitud y felicidad con el entorno.
Es una práctica muy frecuente en los ámbitos y roles que persiguen el propósito de “educar”,
usar recursos que, lejos de conseguir esto, generan en los niños actitudes que luego el mismo
sistema padece.
Una de esas prácticas es dejar a los niños sin descanso, sin recreo, buscando con esto que los
mismos obedezcan más las consignas de: permanecer más concentrados, más atentos, más
quietos, más callados, más pasivos, más receptivos y más obedientes frente a las órdenes del
afuera.
Las preguntas que me hago habitualmente frente a esta realidad son: ¿Los docentes y directivos
que utilizan y defienden esta modalidad, serán del todo concientes de las conductas que están
entrenado en los niños cuando los castigan? ¿Aún creerán que el castigo es un método
educativo? ¿Están en condiciones de reconocer cuáles son los motivos más profundos por los
cuales, a veces resulta una tarea muy difícil de cumplir para un niño lo que ellos piden y cómo
lo piden?
Para niños pequeños, estar en actividad intelectual por períodos largos que, a veces alcanzan las
dos o tres horas, es una meta que les exige no escuchar su naturaleza, su interior y sus
necesidades más profundas.
La exigencia es tan alta y tan deshumanizada que parece que, a la hora de diseñar los sistemas,
elegir la metodología y los recursos educativos, nos hemos olvidado que un niño es, antes que
nada, un niño y que; en sus primeros años de vida tiene mucha más predominancia de energía
impulsiva que capacidad para permanecer callado, sentado, escuchando y desarrollando su
capacidad mental como podría hacerlo un adolescente.
El impulso vital y la innata curiosidad de un niño es la principal materia prima para descubrir,
apropiarse y conocer el mundo; sólo que él, puede hacerlo con mayor fluidez, placer, alegría y
facilidad a partir de la exploración activa, haciendo, creando, armando, desarmando,
inventando, construyendo, diseñando, cuestionando, probando, jugando, etc. Tener información
o desarrollar habilidades intelectuales no es sinónimo de aprender a aprender. Esta cultura ha
sobredimensionado y sobrevalorado la formación intelectual imponiendo a los niños ir en contra
de su naturaleza y, a partir de esto, generamos desarmonías y maltrato.
Frente a esta realidad, los niños responden buscando recuperar la armonía perdida y lo hacen
como pueden. Algunos con actitudes de rebeldía, otros cuestionando la autoridad por la falta de
confianza que le genera el adulto que tiene la tarea de cuidar y guiar, otros rechazando el
aprendizaje, otros con desmotivación y apatía y, cuando esto no alcanza para ser
ESCUCHADOS, empiezan a presentar desequilibrios físicos y más tarde estados emocionales
graves que van desde la tristeza aguda hasta el deseo de no vivir.
Cuando un sistema está diseñado faltando el respeto a la naturaleza más profunda de un niño,
este sistema lastima, independientemente de la meta que persiga. Genera desarmonía porque su
forma contiene implícitamente altísimos grados de VIOLENCIA ESTRUCTURAL. Me toca a
diario escuchar la otra cara de la moneda, la que expresan los niños en el consultorio, voces de
impotencia, cansancio, enojo y furia, ganas de no vivir, desmotivación generalizada, apatía,
depresión, tristeza y cada vez, a más corta edad. Y avanzada la adolescencia buscan silenciar
este dolor y este estado interior con el alcohol, las drogas, el sexo o la exigencia de ser “los
mejores en aquello que elijan”.
Los niños piden a gritos que dejemos de maltratarlos exigiéndoles antes de tiempo acomodarse a un sistema de vida por demás estructurado que los obliga a incorporar recursos que sólo son funcionales a un sistema capitalista cada vez más deshumanizado que lastima a grandes y chicos y que, para sostenerlo, el Hombre está pagando costos muy altos (pérdida del disfrute por lo que se hace, pérdida de sentido, anestesia emocional, adicciones a estimulantes, antidepresivos, drogas que posibiliten conciliar el sueño, etc.).
Dejar a un niño sin recreo no es otra cosa que usar un método de castigo aceptado por gran parte de la sociedad que busca silenciar su voz. Un niño que está diciendo como puede y como le sale (distracción, risas, un movimiento, o una reacción impulsiva): “Ya no puedo seguir haciendo lo que me piden” y esto debe ser escuchado, primero por las madres y luego por la sociedad. Si no nos atrevemos a escucharlos y a decodificar lo que nos están queriendo decir, no pidamos luego que ellos nos escuchen y respeten porque, sólo obtiene respeto aquel que es capaz de ganarlo genuinamente porque ha aprendido a respetar; de lo contrario, sólo obtendremos de ellos sumisión, sometimiento y cuando no aguanten más rebeldía y furia. Los castigos sirven para sostener la cultura del miedo que está muy lejos de educar para la libertad y el amor que como Hombres nos merecemos y necesitamos. Esta vez nos toca a los adultos ponernos límites y aprender a diseñar formas de vida y educación que cuiden más nuestra naturaleza amorosa, aprender a cuestionar la corriente y decir que NO a muchas de las exigencias que esta sociedad impone. Los niños con su sensibilidad pueden ayudarnos, sólo debemos animarnos a abrir el corazón, salir de la soberbia y dejarnos empapar de su sabiduría emocional que es mucho más que conocimiento.
Por Carina Tacconi
 
Publicado en El portal educativo

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