PROMOCIÓN DE DISPOSITIVOS LÚDICOS EN ÁMBITOS DE SALUD Y EDUCACIÓN CON SITUACIÓN SOCIO-ECONÓMICA DESFAVORABLES




La importancia otorgada a la actividad lúdica libre es uno de los más fieles indicadores del interés que una sociedad da a su vida social y cultural y los problemas sociales se desarrollan de acuerdo a la historia de vida de cada persona dentro de una determinada familia y un determinado contexto social y cultural.


La experiencia cultural se inicia con el juego que se va creando entre el niño y su ambiente desde su nacimiento, en contacto con un otro que le va dando sentido a las acciones que el niño pequeño realiza espontáneamente.
El juego es una vía privilegiada para la promoción del desarrollo del ser humano, abarcando su aspecto intelectual, emocional y social. Las huellas que deja el juego en la vida son siempre constructivas, positivas e imborrables.
Frente a las comunidades más vulnerables, con gran violencia social, es muy valioso rescatar los juegos reglados por el valor cultural que conllevan, y porque estimulan la buena convivencia. Todo juego implica reglas, pero en el caso de los llamados “juegos de mesa” las reglas son preexistentes y explícitas. Esto conduce a un diálogo con los compañeros para establecer acuerdos y comprometerse a cumplirlos, propiciando la discusión verbal y el incremento de la capacidad simbólica, favoreciendo así la disminución de la violencia.
El juego es una actividad libre y “gratuita”, no genera un producto de valor material sino un cambio interno en la persona que juega.
Dada la sensación de placer y satisfacción que provoca el juego, los lugares donde “está abierta la puerta para ir a jugar” provocan sentimientos más positivos hacia dichos lugares y entre las personas que allí participan, para lo cual es muy importante la flexibilidad del coordinador del grupo y que se propicie un clima de libertad y espontaneidad.
Aquí radica la importancia de brindar capacitaciones en juego y creatividad, dado que no se puede “dar lo que no se posee”, y es necesario pasar por la experiencia lúdica para poder luego multiplicarla en los diversos ámbitos. Para coordinar espacios lúdicos es imprescindible a su vez contar con espacios propios para desarrollar su propia capacidad lúdica y creativa.
En muchos programas se diseñan “sistemas” para educar a “niños carenciados”, y se comete el gran error de llenarlos de ejercicios con el afán de “enseñarles”, para que “progresen”. Pero si no les permitimos y facilitamos la posibilidad de jugar no estaremos dándoles el lugar de niños y solo lograremos violentarlos, perdiendo tiempo y esfuerzo. El juego es uno de sus derechos, así como también una de sus necesidades básicas para el sano y óptimo desarrollo. Un niño que no tiene posibilidad de jugar, no logrará desarrollar sus aspectos intelectuales y socio afectivos, por lo tanto mal podrá aprender y crecer sanamente.

Lic. Marisa Snaidman. Psicopedagoga


Nota: un extracto de este texto fue publicado en La Nación. Suplemento Comunidad Mayo 2010

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